Entre las casas de campo adscritas a la parroquia de Sant Julià d'Altura, una de las más destacadas y antiguas era la que pertenecía a Simó d'Arnau, la cual, aunque en los documentos de 1310 se denomina "castillo", poco tenía a ver con las características de esta clase de edificaciones, ni por su situación ni por su estructura.

Durante más de un siglo perteneció a la familia Borrell, por compra realizada el año 1325. Un hijo de esta familia, Narcís, se casó en 1462 con la heredera de la masía conocida como can Maduixer, de la villa y término de Terrassa. Después, por cuestiones de dotes y dominios de tierras, las relaciones entre las dos familias no fueron muy cordiales.

De las discusiones entre los dos propietarios de can Maduixer (hoy can Viver de la Torre Bonica) y can Borrell (hoy torre de Berardo), surgió una pugna consistente en ver cuál de las dos casas construía una torre más esbelta en su propiedad. La apuesta fue ganada por el primogénito de cal Maduixer, que, años después, vendió la finca a la familia Viver, finca que desde entonces se conoce por can Viver de la Torre Bonica.

La construcción de la torre de Castell Arnau arruinó a los Borrell de tal manera que un hijo del dueño acabó trabajando de panadero en can Viver. Todo por haber intentado construir una torre más suntuosa que la de su pariente. La voz popular ha transmitido de generación en generación esta curiosa historia.

En la segunda ventana de la torre hay un escudo con las letras J.H.S., la inscripción "Montserrat Borrell" , y el año 1575, que corresponde a su construcción y a la época del mejoramiento de la finca. En 1622 se vendió la propiedad al precio de 4.500 libras barcelonesas al genovés Francisco Berardo. Éste sólo la poseyó por espacio de 26 años, pero sea por el hecho de tratarse de un extranjero, sea por haberse hecho pública la singular historia de la torre, el nombre de Berardo ha perdurado a través de los años.

En el 1648 la adquiere, por compra, Joan Martí, de Barcelona, y nada cambia de su estructura hasta ahora, cuando, al instalarse allí el Club Hípic, se han efectuado varias reformas que dan a la finca un carácter típico de noble casa de payés catalana.